hombres como son, estos intentos son siempre procesos secundarios que de ningún modo añaden autoridad, ni garantizan la veracidad, a los sentimientos de los cuales derivan su propio estímulo y de los que toman prestado cualquier fulgor de convicción que ellos mismos puedan poseer. En resumen, sospecháis que estoy planeando defender el sentimiento a expensas de la razón, rehabilitar lo primitivo y carente de reflexión, y disuadiros de la esperanza de cualquier teología digna de tal nombre.
Hasta cierto punto tengo que admitir que adivinas acertadamente. Sí creo que el sentimiento es la fuente más profunda de la religión, y que las fórmulas filosóficas y teológicas son productos secundarios, como traducciones de un texto a otra lengua. Pero todas esas afirmaciones resultan engañosas por su brevedad, y me llevará toda la hora explicarte exactamente lo que quiero decir.
Cuando llamo a las fórmulas teóricas productos secundarios, quiero decir que, en un mundo en el que nunca hubiera existido ningún sentimiento religioso, dudo que se hubiera podido pergeñar jamás una teología filosófica. Dudo que la contemplación intelectual y desapasionada del universo, aparte de la infelicidad interior y la necesidad de redención por un lado y la emoción mística por el otro, hubiera dado lugar jamás a filosofías religiosas como las que ahora poseemos. Los hombres habrían comenzado con explicaciones animistas de los hechos naturales, y las habrían criticado hasta convertirlas en científicas, tal como en efecto lo han hecho. En la ciencia habrían dejado una cierta cantidad de «investigación psíquica», tal como ahora probablemente tendrán que readmitir una cierta cantidad. Pero especulaciones elevadas como las de la teología dogmática o la idealista, en estas no habrían tenido ningún motivo para aventurarse, al