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nydus/The Varieties of Religious ExperiencePublic
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Conferencias XI, XII y XIII

¡Oh!, la furia que había en los sacerdotes, magistrados, religiosos y gentes de toda laya; y en especial en los sacerdotes y religiosos: pues aunque tutear a una sola persona correspondía a sus reglas de gramática y accidentes, y a la Biblia, sin embargo, no podían soportar oírlo; y como no podía quitarles el sombrero, todo ello los ponía furiosos. … ¡Oh!, ¡la burla, el ardor y la furia que se desataron! ¡Oh!, ¡los golpes, puñetazos, palizas y encarcelamientos que sufrimos por no quitarnos el sombrero ante los hombres! A algunos les arrancaron el sombrero con violencia y lo arrojaron lejos, de modo que lo perdieron por completo. El lenguaje ofensivo y el mal trato que recibimos por esta causa son difíciles de expresar, además del peligro en que a veces estuvimos de perder la vida por este asunto, y ello a manos de los grandes defensores del cristianismo, quienes demostraron así no ser verdaderos creyentes. Y aunque era una nusgagüería ante los ojos del hombre, ¡qué gran confusión trajo entre todos los religiosos y sacerdotes!; mas, bendito sea el Señor, muchos llegaron a ver la vanidad de esa costumbre de quitarse el sombrero ante los hombres, y sintieron el peso del testimonio de la Verdad en su contra”.

En la autobiografía de Thomas Elwood, un antiguo cuáquero que en una época fue secretario de John Milton, encontramos un relato exquisitamente pintoresco y candoroso de las pruebas que sufrió, tanto en el país como en el extranjero, al seguir los cánones de sinceridad de Fox. Las anécdotas son demasiado extensas para citarlas; pero Elwood consigna su manera de sentir acerca de estas cosas en un pasaje más breve, que citaré como una manifestación característica de sensibilidad espiritual:⁠—

«Por esta luz divina, pues —dice Elwood—, vi que, aunque no tenía que desechar los males de la

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