«Mi vida, para cuyo éxito envías buenos deseos, será lo que pueda ser. No le pido nada, no espero nada de ella. Desde hace largos años existo, pienso y actúo, y valgo lo que valgo, únicamente a través de la desesperación que es mi única fuerza y mi único fundamento. Que ella me conserve, aun en estas últimas pruebas a las que voy llegando, el valor para prescindir del deseo de liberación. No pido nada más a la Fuente de donde toda fuerza proviene, y si eso me es concedido, tus deseos se habrán cumplido».
Hay algo de patético y fatalista en esto, pero es manifiesta la eficacia de tal tono como protección contra las sacudidas exteriores. Pascal es otro francés de temperamento natural pesimista. Expresa aún más ampliamente el talante de sumisión abnegada:—
“Líbrame, Señor”, escribe en sus oraciones, “de la tristeza por mi propio sufrimiento que el amor propio pudiera darme, mas pon en ti una tristeza como la tuya. Haz que mis sufrimientos aplaquen tu cólera. Haz