No pretendo detallarles las diversas etapas de la vida mística cristiana. Nuestro tiempo no bastaría, por un lado; y además, confieso que las subdivisiones y los nombres que hallamos en los libros católicos me parece que no representan nada objetivamente distinto.
Tantas cabezas, tantos pareceres: imagino que estas experiencias pueden ser tan infinitamente variadas como lo son las idiosincrasias de los individuos.
Los aspectos cognitivos de ellas, su valor a modo de revelación, es lo que nos concierne directamente, y es fácil demostrar mediante citas la profunda impresión que dejan de ser revelaciones de nuevas profundidades de verdad.
Santa Teresa es la experta de las expertas en describir tales estados, por lo que recurriré de inmediato a lo que dice sobre uno de los más elevados de ellos, la «oración de unión».
“En la oración de unión —dice Santa Teresa—, el alma está plenamente despierta respecto a Dios, pero enteramente dormida respecto a las cosas de este mundo y respecto de sí misma. Durante el breve tiempo que dura la unión, queda por decirlo así privada de toda sensibilidad, y aun queriéndolo, no podría pensar en ninguna cosa. Así, no necesita emplear ningún artificio para detener el uso de su entendimiento: este permanece tan herido de inactividad que ni sabe lo que ama, ni de qué manera ama, ni lo que quiere. En suma, está totalmente muerta para las cosas del mundo y vive únicamente en Dios. … Ni siquiera sé si en este estado le queda suficiente vida para respirar. Me parece que no; o al menos que, si respira, no se da cuenta de ello. Su intelecto quisiera comprender algo de lo que ocurre en su interior, pero tiene tan poca fuerza