Pues bien, esto es exactamente lo que piensa el ascetismo; y acepta voluntariamente la iniciación.
La vida no es ni farsa ni comedia burguesa, dice, sino algo ante lo cual debemos sentarnos con ropas de luto, con la esperanza de que su amargura nos purgue de nuestra insensatez.
Lo salvaje y lo heroico son en verdad partes tan arraigadas de ella que una mentalidad sana en estado puro y simple, con su optimismo sentimental, difícilmente puede ser considerada por cualquier hombre pensante como una solución seria.
Las frases de pulcritud, comodidad y bienestar jamás podrán ser una respuesta al enigma de la esfinge.
En estas palabras me apoyo únicamente en el instinto común de la humanidad hacia la realidad, el cual, a decir verdad, siempre ha considerado al mundo esencialmente como un teatro para el heroísmo.
En el heroísmo, sentimos, se oculta el supremo misterio de la vida.
No toleramos a nadie que carezca por completo de capacidad para él en cualquier dirección. Por otra parte, sin importar cuáles sean los demás defectos de un hombre, si está dispuesto a arriesgar la muerte, y más aún si la sufre heroicamente, en el servicio que ha elegido, el hecho lo consagra para siempre.
Inferior a nosotros de este o aquel modo, si aun así nos aferramos a la vida, y él es capaz de «arrojarla como a una flor» sin importarle nada, lo consideramos en lo más profundo como nuestro superior nato.
Cada uno de nosotros en su propia persona siente que una indiferencia magnánima hacia la vida expiaría todas sus deficiencias.