“Y como el Señor y yo resultamos ser más fuertes que el diablo y él, tuvo que apartarse, o la vagoneta le habría pasado por encima. Así que le di la vagoneta al muchacho. Entonces Tom dijo:— “«Tengo unas ganas locas de darte una bofetada». “«Bueno —le dije—, si eso te hace algún bien, puedes hacerlo». Así que me golpeó en la cara. “Le puse la otra mejilla y le dije: «Pega otra vez». “Golpeó una y otra vez, hasta que me hubo golpeado cinco veces. Le ofrecí la mejilla para el sexto golpe; pero se alejó maldiciendo. Le grité: «Que el Señor te perdone, pues yo lo hago, y que el Señor te salve». “Esto fue un sábado; y cuando volví a casa de la mina de carbón, mi esposa vio que tenía la cara hinchada y me preguntó qué me pasaba. Le dije: «He estado peleando y le he dado una buena paliza a un hombre». “Ella rompió a llorar y dijo: «¡Ay, Richard, qué te impulsó a pelear?». Entonces se lo conté todo; y ella le dio gracias al Señor de que yo no hubiera devuelto el golpe. “Pero el Señor había golpeado, y sus golpes tienen más efecto que los del hombre. Llegó el lunes. El diablo empezó a tentarme, diciendo: «Los demás hombres se reirán de ti por haber permitido que Tom te tratara como lo hizo el sábado». Grité: «¡Atrás de mí, Satanás!»; y seguí mi camino hacia la mina de carbón. “Tom fue el primer hombre que vi. Le di los «buenos días», pero no obtuve respuesta.
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Conferencias XI, XII y XIII
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