el punto de vista de su sugestión humana, y la atención se confinaba exclusivamente a los aspectos estéticos y dramáticos de los acontecimientos.
¿Cómo, en verdad, podría haber sido de otra manera?
El valor extraordinario, para la explicación y la previsión, de aquellos modos matemáticos y mecánicos de concepción que utiliza la ciencia, era un resultado que no podría haberse anticipado de ningún modo. El peso, el movimiento, la velocidad, la dirección, la posición, ¡qué ideas tan tenues, pálidas y desinteresadas!
¿Cómo habrían podido los aspectos animistas más ricos de la Naturaleza, las peculiaridades y rarezas que hacen que los fenómenos sean pintorescamente llamativos o expresivos, dejar de ser señalados y seguidos primero por la filosofía como la vía más prometedora hacia el conocimiento de la vida de la Naturaleza?
Pues bien, es todavía en estos aspectos animistas y dramáticos más ricos donde la religión se deleita en morar. Es el terror y la belleza de los fenómenos, la «promesa» del alba y del arco iris, la «voz» del trueno, la «benignidad» de la lluvia de verano, la «sublimidad» de las estrellas, y no las leyes físicas que estas cosas siguen, aquello de lo que la mente religiosa sigue estando más impresionada; y al igual que antaño, el hombre devoto os dice que en la soledad de su habitación o de los campos todavía siente la presencia divina, que efluvios de ayuda acuden en respuesta a sus plegarias, y que los sacrificios a esta realidad invisible lo llenan de seguridad y paz.
¡Pura anacrónica! —dice la teoría de la supervivencia—; anacrónica para la cual la desantropomorfización de la imaginación es el remedio requerido. Cuanto menos mezclamos lo privado con lo cósmico, cuanto más habitamos en términos universales e impersonales, más verdaderos herederos de la Ciencia nos volvemos.