El odio al «capital» con el que nuestras clases trabajadoras se van contagiando cada vez más parece compuesto en gran medida de este sano sentimiento de antipatía hacia las vidas basadas en el mero tener. Como escribe un poeta anarquista:—
“No acumulando riquezas, sino dando lo que tienes, “Llegarás a ser hermoso; “Debes deshacer los envoltorios, no encerrarte en otros nuevos; “No multiplicando ropas harás tu cuerpo sano y robusto, sino más bien descartándolas... “Pues un soldado que marcha a campaña no busca qué nuevos enseres puede cargar a la espalda, sino más bien qué puede dejar atrás; “Sabiendo bien que cada cosa adicional que no puede usar y manejar con soltura es un estorbo”.
En resumen, las vidas basadas en el tener son menos libres que las basadas en el hacer o en el ser, y, en aras de la acción, las personas sujetas a la emoción espiritual se deshacen de las posesiones como si fueran meros estorbos. Solo aquellos que no tienen intereses privados pueden seguir un ideal de inmediato. La pereza y la cobardía se cuelan con cada dólar o guinea que tenemos que custodiar. Cuando un hermano novicio se acercó a san Francisco y le dijo: «Padre, me sería de gran consuelo poseer un salterio, pero aun suponiendo que nuestro general me concediera esta gracia, aún desearía tener también vuestro consentimiento», Francisco lo desvió con los ejemplos de Carlomagno, Roldán y Oliveros, que persiguieron a los infieles entre sudores y fatigas, y acabaron muriendo en el campo de batalla.