tipo humano que con tanto esfuerzo ha triunfado. Lo que debemos temer más que a cualquier otro destino no es el miedo, sino más bien el gran asco, no el miedo, sino más bien la gran compasión: el asco y la compasión hacia nuestros semejantes. … Los morbosos son nuestro mayor peligro; no los hombres «malos», ni los seres depredadores. Los nacidos torcidos, los natimuertos, los rotos; ellos, los más débiles, son los que socavan la vitalidad de la raza, envenenan nuestra confianza en la vida y ponen a la humanidad en entredicho. Cada una de sus miradas es un suspiro: «¡Ojalá fuera otra cosa! Estoy harto de lo que soy». En este terreno cenagoso del desprecio de sí mismo, brota toda hierba venenosa, y todo tan pequeño, tan secreto, tan deshonesto y tan dulcemente podrido. Aquí bullen los gusanos de la sensibilidad y el resentimiento; aquí el aire huele a pestilencia por el secreto, por lo que no debe confesarse; aquí se teje sin fin la red de las más mezquinas conspiraciones, la conspiración de los que sufren contra los que triunfan y vencen; aquí se odia el aspecto mismo del vencedor, como si la salud, el éxito, la fuerza, el orgullo y el sentimiento de poder fueran en sí mismos cosas viciosas por las que al final uno debiera pagar una amarga expiación. Oh, ¡cómo les gustaría a esta misma gente infligir la expiación, cómo anhelan ser los verdugos! Y todo este tiempo su duplicidad jamás confiesa que su odio es
La antipatía del pobre Nietzsche es de por sí bastante enfermiza, pero todos sabemos a qué se refiere, y expresa bien el choque entre los dos ideales. El «hombre fuerte» de mentalidad carnívora, el varón adulto y caníbal, no ve más que moho y morbosidad en la mansedumbre y la auto-severidad del santo, y lo contempla con pura repugnancia.