Los anales del martirio son, por supuesto, el campo supremo de triunfo para la imperturbabilidad religiosa. Permítanme citar como ejemplo la declaración de un humilde sufriente, perseguido como hugonote bajo Luis XIV :—
«Cerraron todas las puertas —escribe Blanche Gamond—, y vi a seis mujeres, cada una con un manojo de varas de sauce tan grueso como cabía en la mano y de una vara de largo. Me dio la orden: "Desnúdate", lo cual hice. Dijo: "Te vas a quedar en camisa; debes quitártela". Tuvieron tan poca paciencia que se la quitaron ellas mismas, y me quedé desnuda de la cintura para arriba. Trajeron una cuerda con la que me ataron a una viga de la cocina. Tensaron la cuerda con todas sus fuerzas y me preguntaron: "¿Te duele?", y luego descargaron su furia sobre mí, exclamando mientras me golpeaban: "Ora ahora a tu Dios". Fue la mujer de Roulette quien pronunció estas palabras.
Pero en este momento recibí el mayor consuelo que jamás podré recibir en mi vida, puesto que tuve el honor de ser azotada por el nombre de Cristo, y además de ser coronada con su misericordia y sus consuelos. ¿Por qué no puedo poner por escrito las inconcebibles influencias, los consuelos y la paz que sentí en mi interior? Para entenderlos hay que haber pasado por la misma prueba; fueron tan grandes que quedé arrebatada, porque allí donde abundan las aflicciones, la gracia se da con superabundancia. En vano gritaban las mujeres: "Debemos duplicar los golpes; no los siente, pues ni habla ni llora". ¿Y cómo iba a llorar, si me desvanecía de felicidad por dentro? »