Continúa contando cómo era como si la Deidad fuera un diamante enorme y soberanamente límpido, en el que todas nuestras acciones se contenían de tal manera que su entera pecaminosidad aparecía evidente como nunca antes. Otro día, relata, mientras recitaba el Símbolo Atanasiano—
“Nuestro Señor me hizo comprender de qué manera un solo Dios puede estar en tres Personas. Me lo hizo ver con tanta claridad que quedé tan sumamente sorprendida como consolada, … y ahora, cuando pienso en la santa Trinidad, oigo hablar de Ella, comprendo cómo las tres adorables Personas forman un solo Dios y experimento una felicidad indescriptible”.
En otra ocasión todavía, le fue concedido a santa Teresa ver y comprender de qué manera la Madre de Dios había sido asunta a su lugar en el Cielo.
La delicia de algunos de estos estados parece estar más allá de todo lo conocido en la conciencia ordinaria. Evidentemente implica sensibilidades orgánicas, pues se habla de ella como algo demasiado extremo para ser soportado, y como lindante con el dolor físico. Pero es un deleite demasiado sutil y penetrante para ser denotado por las palabras ordinarias. Los toques de Dios, las heridas de su lanza, las referencias a la ebriedad y a la unión nupcial tienen que figurar en la fraseología mediante la cual se vislumbra. El intelecto y los sentidos desmayan por igual en estos estados supremos de éxtasis.