Su sentido del misterio en las cosas, su pasión, su bondad, radian a su alrededor y ensanchan sus contornos a la vez que los suavizan. Son como cuadros con atmósfera y fondo; y, colocados junto a ellos, los hombres fuertes de este mundo y de ningún otro parecen tan secos como varas, tan duros y toscos como bloques de piedra o trozos de ladrillo.
De un modo general, pues, y «en conjunto», nuestro abandono de los criterios teológicos, y nuestro examen de la religión mediante el sentido común práctico y el método empírico, la dejan en posesión de su imponente lugar en la historia.
Económicamente, el conjunto de cualidades de la santidad es indispensable para el bienestar del mundo. Los grandes santos son éxitos inmediatos; los menores son al menos heraldos y precursores, y pueden ser también levaduras de un orden terrenal mejor.
Seamos santos, pues, si podemos, alcancemos o no un éxito visible y temporal. Pero en la casa de nuestro Padre hay muchas mansiones, y cada uno de nosotros debe descubrir por sí mismo la clase de religión y el grado de santidad que mejor se compadecen con lo que cree que son sus facultades y siente que es su más verdadera misión y vocación. No hay éxitos que garantizar ni órdenes fijas que dar a los individuos, siempre que sigamos los métodos de la filosofía empírica.
Esta es mi conclusión hasta el momento. Sé que en la mente de algunos de ustedes deja una sensación de asombro el que semejante método se haya aplicado a tal materia, y esto a pesar de todas aquellas observaciones sobre el empirismo que hice al principio de la Conferencia XIII. ¿Cómo, dicen ustedes, puede la religión, que cree en dos mundos y en un orden invisible, ser evaluada por la adaptación de sus frutos únicamente al orden de este mundo? Es su verdad, no su utilidad, insisten, aquello de lo que debería depender nuestro veredicto. Si la religión es verdadera, sus frutos son buenos frutos, aun cuando en este mundo resultaran