«no encuentra términos, ni medios, ni comparación con que manifestar la sublimidad de la sabiduría y la delicadeza del sentimiento espiritual de que está llena. … Recibimos este conocimiento místico de Dios revestido de ninguna de las clases de imágenes, de ninguna de las representaciones sensibles de que nuestra mente se sirve en otras circunstancias. Por consiguiente, en este conocimiento, como no se emplean los sentidos ni la imaginación, no obtenemos forma ni impresión alguna, ni podemos dar cuenta ni proporcionar semejanza alguna, aunque la sabiduría misteriosa y de dulce sabor penetre tan claramente hasta las partes más íntimas de nuestra alma. Imaginemos a un hombre que ve por primera vez en su vida cierta clase de cosa. Puede comprenderla, usarla y gozar de ella, pero no puede aplicarle un nombre ni comunicar idea alguna de ella, aun cuando todo el tiempo no sea más que una mera cosa de los sentidos. ¡Cuánto mayor será su impotencia cuando va más allá de los sentidos! Esta es la peculiaridad del lenguaje divino. Cuanto más infuso, íntimo, espiritual y suprasensible es, tanto más excede a los sentidos, tanto internos como externos, y les impone silencio. … El alma se siente entonces como colocada en una vasta y profunda soledad, a la que ninguna cosa creada tiene acceso, en un inmenso y sin límites desierto, desierto tanto más delicioso cuanto más solitario es. Allí, en este abismo de sabiduría, el alma crece por lo que bebe de las fuentes de la comprensión del amor, … y reconoce, por sublimes y doctos que sean los términos que empleemos, cuán totalmente viles, insignificantes e impropios son, cuando pretendemos discurrir sobre las cosas divinas por medio de ellos».
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Conferencias XVI y XVII
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