En el mundo mahometano, la secta sufí y varios cuerpos de derviches son los poseedores de la tradición mística.
Los sufíes han existido en Persia desde los primeros tiempos, y como su panteísmo difiere tanto del monoteísmo ardiente y rígido de la mente árabe, se ha sugerido que el sufismo debió haber sido inoculado en el islam por influencias hindúes.
Los cristianos sabemos poco del sufismo, pues sus secretos se revelan únicamente a los iniciados. Para darle a su existencia cierta viveza en sus mentes, citaré un documento musulmán y dejaré el tema a un lado.
Al-Ghazzali, filósofo y teólogo persa que floreció en el siglo XI y figura entre los más grandes doctores de la iglesia musulmana, nos ha dejado una de las pocas autobiografías que pueden hallarse fuera de la literatura cristiana. Es extraño que un género de libro tan abundante entre nosotros esté tan poco representado en otras partes; la ausencia de confesiones estrictamente personales es la principal dificultad para el estudiante puramente literario que desearía familiarizarse con la interioridad de religiones distintas a la cristiana.
M. Schmölders ha traducido al francés una parte de la autobiografía de al-Ghazzali: —
«La ciencia de los sufíes», dice el autor musulmán, «tiene como objetivo apartar el corazón de todo lo que no sea Dios, y darle por única ocupación la meditación del ser divino. Como la teoría me era más fácil que la práctica, leí [ciertos libros] hasta comprender todo lo que puede aprenderse mediante el estudio y de oídas. Entonces reconocí que lo que pertenece más exclusivamente a su método es justamente aquello que ningún estudio puede abarcar, sino únicamente el arrobamiento, el éxtasis y la transformación del alma. Qué grande es, por ejemplo,