experiencias que también tienen un significado para nuestra vida; y de que, aunque en lo fundamental las experiencias de aquellos y las de este mundo se mantienen discretas, sin embargo, ambos se vuelven continuos en ciertos puntos, y energías superiores se filtran. Al ser fiel en mi pobre medida a esta sobrecreencia, me parece conservar mayor sensatez y verdad. Puedo, por supuesto, adoptar la actitud del científico sectario e imaginar vívidamente que el mundo de las sensaciones y de las leyes y objetos científicos puede ser todo. Pero cada vez que hago esto, escucho a aquel monitor interior sobre el que W. K. Clifford escribió una vez, susurrando la palabra «¡patrañas!». La milonga es milonga, aunque lleve el nombre científico, y la expresión total de la experiencia humana, tal como la contemplo objetivamente, me impulsa invenciblemente más allá de los estrechos límites «científicos». Ciertamente, el mundo real es de un temperamento diferente: construido de manera más intrincada de lo que la ciencia física permite. De modo que mi conciencia objetiva y mi conciencia subjetiva me atan por igual a la sobrecreencia que expreso. ¿Quién sabe si la fidelidad de los individuos aquí abajo a sus propias y pobres sobrecreencias no ayudará en realidad a Dios, a su vez, a ser más eficazmente fiel a sus propias tareas más grandes?
Table of Contents
Conferencia XX
623