Hasta aquí los fenómenos a los que el impulso ascético da lugar en ciertas personas. En el carácter consagrado por la Iglesia, se han reconocido tres ramas menores de automortificación como vías indispensables hacia la perfección. Me refiero a la castidad, la obediencia y la pobreza que el monje promete observar; y sobre los aspectos de la obediencia y la pobreza haré unos breves comentarios.
Primero, de la Obediencia.
La vida secular de nuestro siglo veinte comienza con esta virtud en baja estima. El deber del individuo de determinar su propia conducta y lucrarse o sufrir por las consecuencias parece ser, por el contrario, uno de nuestros ideales sociales protestantes contemporáneos mejor arraigados. Tanto es así que resulta difícil, incluso imaginativamente, comprender cómo hombres poseedores de una vida interior propia pudieron llegar a considerar recomendable la sumisión de su voluntad a la de otras criaturas finitas.
Confieso que para mí resulta ser algo así como un misterio. Sin embargo, es evidente que corresponde a una profunda necesidad interior de muchas personas, y debemos hacer nuestro mejor esfuerzo por comprenderla.
En el plano más bajo posible, se ve cómo la conveniencia de la obediencia en una organización eclesiástica firme debió de llevar a que se la considerara meritoria. A continuación, la experiencia muestra que hay momentos en la vida de cualquiera en los que uno puede ser mejor aconsejado por otros que por sí mismo.