vez más:—
“Debo”, relata uno de sus primeros biógrafos que dijo, “al entrar en religión, y de ahí en adelante, ponerme enteramente en manos de Dios y de aquel que ocupa Su lugar por Su autoridad. Debo desear que mi Superior me obligue a renunciar a mi propio juicio y a vencer mi propia mente. Debo no establecer ninguna diferencia entre un Superior y otro, … sino reconocerlos a todos como iguales ante Dios, cuyo lugar ocupan. Pues si hago distinciones entre las personas, debilito el espíritu de obediencia. En manos de mi Superior, debo ser cera blanda, una cosa de la cual él ha de exigir lo que le plazca, ya sea escribir o recibir cartas, hablar o no hablar a tal persona, o cosas semejantes; y debo poner todo mi fervor en ejecutar con celo y exactitud lo que se me ordene. Debo considerarme como un cadáver que no tiene ni inteligencia ni voluntad; ser como una masa de materia que sin resistencia se deja colocar donde a cualquiera le plazca; como un bastón en la mano de un anciano, que lo usa según sus necesidades y lo coloca donde le conviene. Así debo estar bajo las manos de la Orden, para servirla de la manera que juzgue más útil.
“Jamás debo pedir al Superior que se me envíe a un lugar determinado, ni que se me emplee en un oficio particular. … No debo considerar nada como perteneciente a mí personalmente, y en cuanto a las cosas que uso, ser como una estatua que se deja despojar y jamás opone resistencia”.