que había acabado por completo conmigo misma. Sentí que las opiniones del mundo sobre mí no eran nada, y que ya no tenía nada que ver con ningún interés terrenal propio, como tampoco con el de una persona a la que jamás hubiera visto. La gloria de Dios parecía absorber cada deseo y anhelo de mi corazón. … Tras retirarme a descansar y dormir un rato, me desperté, y me dio por reflexionar sobre la misericordia de Dios conmigo, al haberme concedido, durante muchos años, la voluntad de morir; y después, al hacerme dispuesta a vivir, para poder hacer y sufrir todo lo que él me llamara a hacer aquí. También pensé en cómo Dios me había dado misericordiosamente una total resignación a su voluntad respecto a la clase y manera de muerte con que habría de morir; habiendo llegado a estar dispuesta a morir en el potro o en la hoguera, y si fuera la voluntad de Dios, a morir en la oscuridad. Pero entonces se me ocurrió que yo solía pensar en no vivir más allá de la edad ordinaria del hombre. A raíz de esto me puse a preguntar si no estaba dispuesta a ser mantenida fuera del cielo aún por más tiempo; y todo mi corazón pareció responder de inmediato: Sí, mil años, y mil en el horror, si es lo más conveniente para la gloria de Dios, siendo el tormento de mi cuerpo tan grande, espantoso y abrumador que nadie podría soportar vivir en el país donde se viera el espectáculo, y siendo el tormento de mi mente enormemente mayor. Y me pareció hallar una perfecta disposición, quietud y presteza de alma al consentir que así fuera, si era lo más conveniente para la gloria de Dios, de modo que no hubo vacilación, duda ni oscuridad en mi mente. La gloria de Dios parecía abrumarme y consumirme, y cualquier sufrimiento concebible, y
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Conferencias XI, XII y XIII
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