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nydus/The Varieties of Religious ExperiencePublic
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Conferencias XI, XII y XIII

relato de las autoinfligidas torturas de sed del pobre Suso. Es grato saber que, después de su año cuarenta, Dios le mostró mediante una serie de visiones que había quebrantado suficientemente al hombre natural, y que podía abandonar dichos ejercicios. Su caso es netamente patológico, pero no parece haber tenido el alivio, del que han disfrutado algunos ascetas, de una alteración de la sensibilidad capaz de convertir verdaderamente el tormento en una clase perversa de placer. De la fundadora de la orden del Sagrado Corazón, por ejemplo, leemos que

“Su amor por el dolor y el sufrimiento era insaciable. … Decía que podía vivir alegremente hasta el día del juicio, con tal de tener siempre materia para sufrir por Dios; pero que vivir un solo día sin sufrir le resultaría intolerable. Decía también que la devoraban dos fiebres inaplacables, una por la sagrada comunión, la otra por el sufrimiento, la humillación y la aniquilación. «Nada más que el dolor», decía continuamente en sus cartas, «hace que mi vida sea soportable»”.

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