Sin embargo, el espíritu de su época, lejos de reprobarla, la exaltó como sobrehumana.
Tenemos que emitir un juicio semejante sobre toda la noción de la santidad basada en méritos.
Cualquier Dios que, por un lado, pueda preocuparse por llevar una cuenta pedantemente minuciosa de las faltas individuales, y por el otro pueda sentir tales parcialidades, y colmar a criaturas particulares con muestras de favor tan insípidas, es un Dios demasiado estrecho de miras para que podamos creer en él.
Cuando Lutero, a su inmensa manera varonil, barrió de un manotazo la noción misma de una cuenta de debe y haber llevada con los individuos por el Todopoderoso, ensanchó la imaginación del alma y salvó a la teología de la puerilidad.
Y tanto por la mera devoción, divorciada de las concepciones intelectuales que podrían guiarla hacia la producción de útiles frutos humanos.
La siguiente virtud santa en la que encontramos exceso es la Pureza. En los personajes teópatas, como aquellos que acabamos de examinar, el amor a Dios no debe mezclarse con ningún otro amor. Padre y madre, hermanas, hermanos y amigos se sienten como distracciones perturbadoras; porque la sensibilidad y la estrechez de miras, cuando se dan juntas, como suele ocurrir, exigen ante todo un mundo simplificado para habitar en él. La variedad y la confusión son demasiado para sus facultades de adaptación confortable. Pero mientras que vuestro pietista agresivo alcanza su unidad de manera objetiva, erradicando a la fuerza el desorden y la divergencia, vuestro pietista retirado la alcanza de manera subjetiva, dejando el desorden en el