comenzó a alimentarse de patatas, bellotas, cangrejos y hierba; y a menudo deseaba poder vivir de raíces y hierbas. Por fin, en 1737, encontró la paz con Dios y siguió su camino
En este pobre hombre tenemos melancolía morbosa y miedo, y los sacrificios hechos son para purgar el pecado y comprar seguridad. La desesperanza de la teología cristiana respecto a la carne y al hombre natural en general ha hecho de él, al sistematizar el miedo, uno de los incentivos más formidables para la automortificación.
Sería muy injusto, sin embargo, a pesar de que este incentivo se haya explotado a menudo de manera mercenaria con fines exhortatorios, calificarlo de incentivo mercenario. El impulso de expiar y hacer penitencia es, en su primera intención, una expresión de autodesprecio y ansiedad demasiado inmediata y espontánea como para hacerse acreedor a semejante reproche.
En forma de sacrificio amoroso, de gastar todo lo que tenemos para mostrar nuestra devoción, la disciplina ascética del tipo más severo puede ser el fruto de un sentimiento religioso sumamente optimista.