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nydus/The Varieties of Religious ExperiencePublic
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Conferencias XIV y XV

«librepensadores» nos dicen que la religión y el fanatismo son hermanos gemelos, no podemos negar categóricamente la acusación.

Hay que cargar, pues, el fanatismo en el debe de la religión, en tanto que el intelecto del creyente se halle en la etapa que satisface al Dios de índole despótica. Pero tan pronto como se representa a Dios como menos atento a su propia honra y gloria, este deja de ser un peligro.

El fanatismo se encuentra únicamente allí donde el carácter es dominante y agresivo.

En los caracteres apacibles, donde la devoción es intensa y el intelecto débil, hallamos una absorción imaginativa en el amor de Dios con exclusión de todo interés humano práctico, lo cual, aunque bastante inocentón, es demasiado unilateral como para resultar admirable.

Una mente demasiado estrecha solo tiene espacio para una clase de afecto. Cuando el amor de Dios se apodera de semejante mente, expulsa todos los amores humanos y todas las utilidades humanas.

No existe un nombre en inglés para semejante y dulce exceso de devoción, de modo que me referiré a ello como una condición teopática.

La bienaventurada Margarita María Alacoque puede servir de ejemplo.

“Ser amada aquí sobre la tierra —exclama su biógrafa reciente—: ser amada por un ser noble, elevado, distinguido; ser amada con fidelidad, con devoción, ¡qué encanto! ¡Pero ser amada por Dios! ¡Y amada por él hasta la locura [aimé jusqù’à la folie]! —Margarita se desvanecía de amor al pensar en semejante cosa. Como san Felipe Neri en otros tiempos, o como san Francisco Javier, le decía a Dios: «Contén, oh Dios mío, estos torrentes que me abruman, o ensancha mi capacidad para recibirlos»”.

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