«Así pues —dijo—, no te preocupes por poseer libros y conocimientos, sino preocúpate más por las obras de bondad». Y cuando, semanas más tarde, el novicio volvió para hablar de su anhelo por el salterio, Francisco le
“Después de que hayas conseguido tu salterio, desearás un breviario; y después de que hayas conseguido tu breviario, te sentarás en tu sitial como un gran prelado, y le dirás a tu hermano: «Alcánzame mi breviario». … Y desde entonces él denegaba todas esas peticiones, diciendo: «Un hombre posee tanta ciencia cuanta es la que manifiesta en sus obras, y un monje es un buen predicador solo en la medida en que sus actos lo proclaman como tal, pues cada árbol se conoce por sus frutos»”.
Pero más allá de esta actitud de mayor dignidad atlética que implica el obrar y el ser, hay en el deseo de no tener algo aún más profundo, algo emparentado con ese misterio fundamental de la experiencia religiosa: la satisfacción que se halla en la rendición absoluta a la potencia superior. Mientras se conserve alguna salvaguarda secular, mientras uno se aferre a cualquier garantía prudencial residual, la rendición será incompleta, la crisis vital no habrá pasado, el miedo seguirá haciendo de centinela y prevalecerá la desconfianza en lo divino: nos aferramos a dos anclas; es verdad que miramos a Dios a nuestra manera, pero también nos atenemos a nuestras propias maquinaciones. En ciertas experiencias médicas tenemos que superar ese mismo punto crítico. Un borracho, o un maníaco de la morfina o la cocaína, se ofrece para ser curado. Le suplica al médico que lo destete de su enemigo, pero no se atreve a afrontar la abstinencia total. La tiránica droga sigue siendo un ancla a sotavento: esconde reservas de ella entre su ropa; hace arreglos secretos para que se la introduzcan de contrabando en caso de necesidad.