autoridades. Las experiencias de estos han sido tratadas como precedentes, y sobre ellas se ha basado un sistema codificado de teología mística, en el que todo lo legítimo encuentra su lugar. La base del sistema es la «oración» o meditación, la elevación metódica del alma hacia Dios. A través de la práctica de la oración se pueden alcanzar los niveles superiores de la experiencia mística. Resulta curioso que el protestantismo, especialmente el protestantismo evangélico, parezca haber abandonado todo lo que tiene de metódico en esta línea. A aparte de a lo que la oración pueda conducir, la experiencia mística protestante parece haber sido casi exclusivamente esporádica. Ha quedado en manos de nuestros curadores mentales reintroducir la meditación metódica en nuestra vida religiosa.
Lo primero que debe buscarse en la oración es el desapego de la mente respecto de las sensaciones externas, pues estas interfieren con su concentración en las cosas ideales.
Manuales como los Ejercicios espirituales de San Ignacio recomiendan al discípulo expulsar la sensación mediante una serie gradual de esfuerzos para imaginar escenas sagradas. La cúspide de este tipo de disciplina sería un mono-ideísmo semialucinatorio—una figura imaginaria de Cristo, por ejemplo, llegando a ocupar por completo la mente.
Las imágenes sensoriales de este tipo, ya sean literales o simbólicas, desempeñan un papel enórme en el misticismo. Pero en ciertos casos las imágenes pueden desaparecer por completo, y en los arrobamientos más elevados tienden a hacerlo. El estado de conciencia se vuelve entonces refractario a toda descripción verbal.
Los maestros místicos son unánimes al respecto. San Juan de la Cruz, por ejemplo, uno de los mejores, describe así la condición llamada «unión de amor», a la que, según dice, se llega mediante la «contemplación oscura». En ella la Deidad compenetra el alma, pero de un modo tan oculto que el alma—