Cuando el anhelo de consistencia y pureza moral se desarrolla hasta tal punto, es muy probable que el sujeto encuentre el mundo exterior demasiado lleno de sobresaltos como para habitar en él, y solo pueda unificar su vida y mantener su alma sin mancha retirándose de él.
Esa ley que impulsa al artista a lograr la armonía en su composición simplemente omitiendo todo aquello que chirría o sugiere una discordancia, rige también en la vida espiritual. Omitir, dice Stevenson, es el único arte en la literatura: «Si supiera cómo omitir, no pediría ningún otro conocimiento».
Y la vida, cuando está llena de desorden, laxitud y vaga superfluidad, no puede tener aquello que llamamos carácter, del mismo modo que la literatura no puede tenerlo en condiciones similares. Así, los monasterios y las comunidades de devotos afines abren sus puertas, y en su orden inmutable, caracterizado tanto por omisiones como constituido por acciones, la persona de mente piadosa halla esa tersura y limpieza interiores cuya violación, a cada paso por la discordancia y la brutalidad de la existencia secular, le resulta una tortura.
Debe admitirse que el escrúpulo de la pureza puede llevarse a un extremo fantástico. En esto se parece al Asceticismo, al cual es mejor que pasemos a continuación como siguiente síntoma de santidad. El adjetivo «ascético» se aplica a conductas que se originan en diversos niveles psicológicos, los cuales bien podría empezar por distinguir unos de otros.
El ascetismo puede ser una mera expresión de fortaleza orgánica, hastiada de demasiada comodidad. La templanza en el comer y el beber, la sencillez en el vestir, la castidad y el no consentir al cuerpo en general, pueden ser frutos del amor a la pureza, escandalizada por todo aquello que sabe a sensualidad.