El hecho de que existan juicios diversos sobre los fenómenos religiosos es, por tanto, totalmente ineludible, sea cual fuere el deseo propio de alcanzar lo irreversible. Pero, aparte de ese hecho, nos aguarda una pregunta más fundamental: la cuestión de si cabe esperar que las opiniones de los hombres sean absolutamente uniformes en este campo. ¿Deben tener todos los hombres la misma religión? ¿Deben aprobar los mismos frutos y seguir las mismas directrices? ¿Son tan semejantes en sus necesidades internas que, para el duro y el blando, para el orgulloso y el humilde, para el enérgico y el perezoso, para el de mente sana y el desesperado, se requieren exactamente los mismos incentivos religiosos? ¿O es que a los distintos tipos de hombre se les han asignado funciones diferentes en el organismo de la humanidad, de modo que a algunos les resulte realmente mejor una religión de consuelo y reafirmación, mientras que a otros les convenga más una de terror y reprensión? Es concebible que así sea; y sospecho que, a medida que avancemos, lo iremos sospechando cada vez más. Y si así fuera, ¿cómo puede cualquier posible juez o crítico evitar estar sesgado a favor de la religión que mejor satisface sus propias necesidades? Aspira a la imparcialidad; pero está demasiado cerca de la lucha como para no ser en cierta medida un participante, y con seguridad aprobará con más entusiasmo aquellos frutos de la piedad ajena que le sepan mejor y le resulten más nutritivos.
Bien sé cuán anárquico puede sonar gran parte de lo que digo. Expresándome de manera tan abstracta y breve, puedo parecer desesperanzado ante la noción misma de la verdad. Pero os suplico que suspendáis el juicio hasta que la veamos aplicada a los detalles que tenemos ante nosotros. Ciertamente, no creo que nosotros ni ningún otro mortal podamos alcanzar en un día dado una verdad absolutamente incorregible e inmejorable sobre cuestiones de hecho como aquellas de las que se ocupan las religiones. Mas rechazo este ideal dogmático no por un