Tal espíritu fue el de Marco Aurelio y Epicteto. Es el de los curadores mentales, el de los trascendentalistas y el de los llamados cristianos «liberales». Como expresión de ello, citaré una página de uno de los sermones de Martineau:—
“El universo, abierto hoy a la vista, tiene el mismo aspecto que hace mil años: y el himno matutino de Milton no hace más que relatar la belleza con que nuestro propio y familiar sol vistió los primeros campos y jardines del mundo. Vimos lo que todos nuestros padres vieron. > > Y si no podemos hallar a Dios en tu casa o en la mía, a la vera del camino o en la orilla del mar; en la semilla que reventa o en la flor que se abre; en el deber del día o en la musitación de la noche; en la risa general y en el dolor secreto; en la procesión de la vida, que siempre entra de nuevo, y solemnemente pasa y se extingue; no creo que hayamos de discernirlo ni un instante más sobre la hierba del Edén, ni bajo la luz de la luna de Getsemaní. > > Creedme, no es la falta de mayores milagros, sino la del alma para percibir los que aún se nos conceden, lo que nos hace empujar todas las santidades hacia los lejanos espacios a los que no podemos llegar. Los devotos sienten que dondequiera que esté la mano de Dios, hay un milagro: y es simplemente una falta de devoción la que imagina que solo allí donde hay milagro puede estar la verdadera mano de Dios. > > Las costumbres del Cielo deberían ser sin duda más sagradas a nuestros