pequeña, utilizando como cama el banco, que era tan estrecho y corto que no podía estirarse en él. En este agujero, o sobre la puerta, yacía por la noche atado como de costumbre, durante unos ocho años. Era también su costumbre, durante el espacio de veinticinco años, siempre que se encontrara en el convento, no ir jamás después de completas, en invierno, a ninguna habitación cálida, ni a la estufa del convento a calentarse, por mucho frío que hiciera, a menos que se viera obligado a ello por otras razones. A lo largo de todos estos años nunca tomó un baño, ni de agua ni de sudor; y lo hacía para mortificar su cuerpo buscador de comodidades. Practicó durante mucho tiempo una pobreza tan rigurosa que no recibía ni tocaba ni un centavo, ni con permiso ni sin él. Durante un tiempo considerable se esforzó por alcanzar un grado de pureza tan elevado que no serascaba ni se tocaba ninguna parte del cuerpo, salvo únicamente las manos y
Os ahorro el