los frutos de la religión ajena, este mismo criterio ha surgido de la corriente de la vida común. Es la voz de la experiencia humana en nuestro interior, que juzga y condena a todos los dioses que se interponen en el camino por el cual siente que avanza. La experiencia, si la tomamos en su sentido más amplio, es así la madre de aquellas incredulidades que, según se acusaba, eran incompatibles con el método empírico. La incompatibilidad, como ven, carece de importancia, y la acusación puede pasarse por alto.
Si pasamos de las incredulidades a las creencias positivas, me parece que no hay ni siquiera una incoherencia formal que achacar a nuestro método. Los dioses que defendemos son los dioses que necesitamos y podemos usar, los dioses cuyas exigencias sobre nosotros son refuerzos de nuestras exigencias con nosotros mismos y con los demás. Lo que me propongo hacer entonces, dicho brevemente, es someter la santidad a la prueba del sentido común, utilizar los estándares humanos para ayudarnos a decidir hasta qué punto la vida religiosa se recomienda como un tipo ideal de actividad humana. * Si se recomienda, entonces cualesquiera creencias teológicas que puedan inspirarla, en esa misma medida quedarán acreditadas. * Si no, entonces quedarán desacreditadas, y todo ello sin referencia a nada que no sean principios de funcionamiento humano. No es más que la eliminación de lo humanamente no apto, y la supervivencia de lo humanamente más apto, aplicado a las creencias religiosas; y si miramos la historia con franqueza y sin prejuicios, tenemos que admitir que ninguna religión se ha establecido o probado a sí misma a la larga de ninguna