Al llegar a casa, mi hermana tenía muchísima curiosidad por saber todo lo relacionado con la señorita Havisham y me hizo un montón de preguntas. Y pronto me encontré recibiendo fuertes golpes por detrás en la nuca y en los riñones, y con la cara ignominiosamente empujada contra la pared de la cocina, por no haber respondido a dichas preguntas con la suficiente extensión.
Si el temor a no ser comprendido se oculta en el pecho de otros jóvenes en un grado parecido a como solía ocultarse en el mío —lo cual considero probable, ya que no tengo motivos particulares para sospechar que haya sido una monstruosidad—, esa es la clave de muchas reservas.
Estaba convencido de que, si describía la casa de la señorita Havisham tal como la habían visto mis ojos, no me entenderían. No solo eso, sino que estaba convencido de que tampoco se entendería a la señorita Havisham; y aunque ella me resultaba perfectamente incomprensible, abrigaba la impresión de que habría algo grosero y traicionero en arrastrarla tal como era en realidad (por no hablar de la señorita Estella) ante la contemplación de la señora Joe.
En consecuencia, hablé lo menos posible y me empujaron la cara contra la pared de la cocina.
Lo peor del caso era que aquel insufrible y prepotente Pumblechook, devorado por una curiosidad voraz por enterarse de todo lo que había visto y oído, se acercaba boquiabierto en su calesa a la hora del té para que le revelaran los detalles. Y la sola vista de aquel tormento, con sus ojos de pescado y la boca abierta, su pelo pajizo levantado inquisitivamente y el chaleco agitándose al compás de sus cálculos flatulentos, me ponía feroz en mi mutismo.