“And let me have none of your tricks here,” said Mr. Trabb, “or you shall repent it, you young scoundrel, the longest day you have to
El señor Trabb se inclinó entonces sobre el número cuatro y, con una especie de confianza deferente, me lo recomendó como una prenda ligera para el verano, una prenda muy en boga entre la nobleza y la alta sociedad, una prenda cuyo uso por parte de un ilustre conciudadano (si es que podía considerarme su conciudadano) sería siempre para él motivo de orgullo al recordarlo.
«¿Vas a traer el número cinco y el ocho, bribón —le dijo entonces el señor Trabb al muchacho—, o te echo de la tienda a patadas y los traigo yo mismo?».
Escogí los materiales para un traje, con la ayuda del criterio del señor Trabb, y volví a entrar en el salón para que me tomaran las medidas. Pues aunque el señor Trabb ya tenía mis medidas, y anteriormente se había mostrado de lo más satisfecho con ellas, dijo a modo de disculpa que «bajo las circunstancias actuales no servían, señor; no servían en absoluto».
Así pues, el señor Trabb me midió y calculó en el salón como si yo fuera una finca y él la más selecta especie de agrimensor, y se tomó tal cúmulo de molestias que sentí que ningún traje de ropa podría remunerarle jamás por su esfuerzo.
Cuando por fin hubo terminado y acordó enviar las prendas a casa del señor Pumblechook el jueves por la noche, dijo, con la mano en el pestillo de la puerta del salón: —Ya sé, señor, que por regla general no se puede esperar que los caballeros de Londres favorezcan los trabajos locales; pero si me diera trabajo de vez en cuando en calidad de paisano, lo apreciaría enormemente. Buenos días, señor, muy agradecido.— ¡Puerta!