Era en el cuarto año de mi aprendizaje con Joe, y era sábado por la noche. Había un grupo reunido alrededor del fuego en el Three Jolly Bargemen, atento al señor Wopsle mientras leía el periódico en voz alta. De ese grupo yo era uno.
Se había cometido un asesinato de gran popularidad, y el señor Wopsle estaba manchado de sangre hasta las cejas. Se recreaba en cada adjetivo aborrecible de la descripción y se identificaba con cada testigo en la investigación.
Gemía débilmente: «Estoy acabado», como la víctima, y bramaba con crueldad: «Te daré tu merecido», como el asesino. Emitía el testimonio médico, en marcada imitación de nuestro médico local; y chillaba y temblaba, como el anciano guardián de la barrera de peaje que había oído golpes, hasta un punto tan sumamente paralítico que sugería dudas sobre la competencia mental de dicho testigo.
El juez de instrucción, en manos del señor Wopsle, se convertía en Timón de Atenas; el bedel, en Coriolano. Disfrutaba a más no poder, y todos disfrutábamos a más no poder, sintiéndonos deliciosamente cómodos. En este estado de ánimo acogedor llegamos al veredicto de asesinato premeditado.
Entonces, y no antes, me percaté de un extraño caballero que se inclinaba sobre el respaldo del escaño frente a mí y observaba la escena. Había una expresión de desprecio en su rostro, y se mordía el lateral de un dedo índice enorme mientras contemplaba aquel grupo de rostros.
—¡Vaya! —dijo el desconocido al señor Wopsle, una vez terminada la lectura—, ¿usted ya lo ha dejado todo a su entera satisfacción, no me cabe duda?