Como sea que permanecen en mi memoria por este único y tenue hilo, no sé qué hicieron, excepto que se abstuvieron de expulsarme.
Que tuve fiebre y fui evitado, que sufrí enormemente, que a menudo perdí la razón, que el tiempo me pareció interminable, que confundí existencias imposibles con mi propia identidad; que fui un ladrillo en el muro de una casa, y aun así suplicaba que me liberaran del vertiginoso lugar donde los constructores me habían colocado; que fui la viga de acero de una vasta máquina, chocando y girando sobre un abismo, y aun así imploraba en mi propia persona que detuvieran la máquina y me arrancaran a martillazos la parte que me tocaba en ella; que pasé por estas fases de la enfermedad, lo sé por mi propio recuerdo, y en cierto modo lo supe en su momento. Que a veces luché contra personas reales, creyendo que eran asesinos, y que de repente comprendía que pretendían hacerme el bien, para luego desplomarme exhausto en sus brazos y permitir que me acostaran, también lo supe en su momento. Pero, por encima de todo, sabía que había una tendencia constante en todas estas personas —que, cuando yo estaba muy enfermo, presentaban toda clase de transformaciones extraordinarias del rostro humano y se dilataban enormemente de tamaño—, por encima de todo, digo, sabía que había una tendencia extraordinaria en todas estas personas a adoptar, tarde o temprano, la apariencia de Joe.
After I had turned the worst point of my illness, I began to notice that while all its other features changed, this one consistent feature did not change. Whoever came about me, still settled down into Joe. I opened my eyes in the night, and I saw, in the great chair at the bedside, Joe. I opened my eyes in the day, and, sitting on the window-seat, smoking his pipe in the shaded open window, still I saw Joe.