atormentado, a pesar de todo lo que había hecho por mi y del riesgo que corría, de no ser por la certeza de que Herbert no tardaría en regresar. Una vez, de hecho, salté de la cama en plena noche y comencé a vestirme con mi peor ropa, con la apresurada intención de dejarlo allí con todo lo demás que poseía, y enrolarme en la India como soldado raso.
Dudo que un fantasma hubiera podido serme más terrible, allá arriba en aquellas habitaciones solitarias durante las largas tardes y las largas noches, con el viento y la lluvia azotando sin cesar. A un fantasma no lo habrían podido capturar ni ahorcar por culpa mía, y el pensamiento de que sí podían hacerlo, y el pavor de que lo hicieran, no fueron un aporte menor a mis horrores.
Cuando no estaba dormido, o jugando a una clase complicada de paciencia con una baraja ajada y propia —un juego que nunca antes ni después vi, y en el que anotaba sus victorias clavando su navaja en la mesa—, cuando no estaba ocupado en ninguna de estas actividades, me pedía que le leyera: «¡Lengua extranjera, querido muchacho!».
Mientras yo accedía, él, sin comprender una sola palabra, se paraba ante el fuego examinándome con aire de feriante, y yo lo veía, entre los dedos de la mano con la que me cubría el rostro, apelando en muda pantomima a los muebles para que tomaran nota de mi destreza.
El estudiante imaginario perseguido por la criatura deforme que había creado impíamente, no era más desdichado que yo, perseguido por la criatura que me había creado, y retrocediendo ante él con mayor repugnancia cuanto más me admiraba y más afecto me tenía.
Se escribe de esto, bien lo sé, como si hubiera durado un año. Duró unos cinco días. Esperando a Herbert todo el tiempo, no me atrevía a salir, excepto cuando sacaba a Provis a tomar el aire después de anochecer. Por fin, una