simétrico y el mío sobre la mesa, entre los artículos de papelería, y me sentía como un Banco de alguna clase, más que como un simple particular.
Cerramos nuestra puerta exterior en estas solemnes ocasiones para no ser interrumpidos. Una tarde, había yo caído en mi estado de serenidad cuando oímos que introducían una carta por la ranura de dicha puerta y caía al suelo.
—Es para ti, Handel —dijo Herbert, saliendo y regresando con ella—, y espero que no pase nada malo.
Esto último lo decía en alusión a su pesado sello y borde negros.
La carta estaba firmada por Trabb y Cía., y su contenido selimitaba a decir que yo era un caballero honrado, y que me rogaban que se me informara de que la señora J. Gargery había fallecido el lunes pasado a las seis y veinte de la tarde, y que se solicitaba mi asistencia al entierro el lunes próximo a las tres en punto de la tarde.