de Blackfriars; pero a medida que cambiaban las horas de la marea, me dirigí hacia el puente de Londres. Por entonces era el Viejo Puente de Londres, y en ciertos estados de la marea se formaba allí un rápido y una caída de agua que le había ganado mala fama. Pero yo sabía muy bien cómo «cruzar» el puente tras haberlo visto hacer, y así comencé a remar entre los barcos en el Pool, y río abajo hasta Erith. La primera vez que pasé por Mill Pond Bank, Herbert y yo íbamos remando a dos remos; y, tanto a la ida como a la vuelta, vimos bajar la persiana del lado este. Herbert rara vez iba allí menos de tres veces por semana, y nunca me trajo ni una sola noticia que fuera en absoluto alarmante. Aun así, sabía que había motivos para alarmarse, y no conseguía desechar la idea de que me estaban vigilando. Una vez que se te mete en la cabeza, es una idea obsesiva; sería difícil calcular a cuántas personas inocentes llegué a sospechar de vigilarme.
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XLVI
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