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nydus/Great ExpectationsPublic
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XIII

Y allí mi hermana se entusiasmó tanto con las veinticinco guineas, que no paró hasta conseguir que celebráramos una cena con ese dinero caído del cielo en el Blue Boar, y que Pumblechook fuera en su carro a buscar a los Hubble y al señor Wopsle.

Se acordó que así se haría; y pasé un día de lo más melancólico. Pues, de manera inescrutable, parecía ser de cajón para todos los presentes que yo sobraba en la fiesta. Y para colmo, todos me preguntaban de vez en cuando —en resumen, cada vez que no tenían otra cosa que hacer— por qué no me lo estaba pasando bien. ¿Y qué diablos podía hacer entonces, sino decir que me lo estaba pasando bien... cuando no era así!

Sin embargo, ya eran mayores de edad y hacían lo que les placía, y le sacaban el máximo partido. Aquel Pumblechook embustero, ensalzado como el benéfico artífice de toda la ocasión, ocupó en efecto la cabecera de la mesa; y, cuando les habló sobre el tema de mi aprendizaje, y los felicitó diabólicamente por el hecho de que yo estuviera expuesto a la cárcel si jugaba a las cartas, bebía licores fuertes, trasnochaba, frecuentaba malas compañías o incurría en otras extravagancias que el impreso de mis escrituras parecía contemplar como poco menos que inevitables, me hizo subir de pie a una silla junto a él para ilustrar sus observaciones.

Mis únicos otros recuerdos del gran festival son, * Que no me dejaban ir a dormir, sino que cada vez que me veían cabeceando, me despertaban y me decían que me divirtiera. * Que, bastante tarde por la noche, el señor Wopsle nos recitó la oda de Collins y arrojó su espada ensangrentada al trueno con tal efecto que un camarero entró y dijo: «Los Comerciales de abajo mandan sus saludos y dicen que este no es el mesón de los Acróbatas». * Que todos venían de muy buen humor en el camino a casa y cantaron ¡Oh, Dama Bella!, tomando el señor Wopsle el

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