Mi estado de ánimo respecto al hurto del que había sido tan inesperadamente exonerado no me impulsaba a una franca revelación; pero espero que conservara en el fondo algunos sedimentos de bondad.
No recuerdo haber sentido ningún escrúpulo de conciencia con respecto a la señora Joe, una vez que me quitué de encima el miedo a que me descubrieran. Pero quería a Joe —tal vez por ninguna mejor razón en aquellos primeros días que porque el buen hombre se dejaba querer— y, en lo que a él respectaba, mi mundo interior no se calmaba tan fácilmente.
Tenía muy presente (sobre todo cuando le vi por primera vez buscando su lima) que debía contarle a Joe toda la verdad. Sin embargo, no lo hice, debido a que temía que, si lo hacía, él me creyera peor de lo que era.
El miedo a perder la confianza de Joe, y de sentarme desde entonces junto al hogar por la noche mirando con melancolía a mi compañero y amigo para siempre perdido, me ataba la lengua.
Me representaba enfermizamente que, si Joe lo sabía, jamás volvería a verlo junto a la chimenea atusándose su patilla rubia, sin pensar que estaba meditando en ello.
Que, si Joe lo sabía, jamás volvería a verlo mirar, por casualidad que fuera, la carne o el budín de ayer cuando aparecía en la mesa de hoy, sin pensar que estaba discutiendo si yo había estado en la despensa.
Que, si Joe lo sabía, y en cualquier período posterior de nuestra vida doméstica en común comentaba que su cerveza estaba sosa o turbia, la convicción de que sospechaba que tenía alquitrán me haría subir el tinte a la cara.