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nydus/Great ExpectationsPublic
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VIII

El establecimiento del señor Pumblechook, en la calle Mayor de la ciudad comercial, tenía un carácter especiado y harinoso, como correspondía al local de un comerciante de grano y semillero. Me parecía que debía de ser un hombre muy feliz, en verdad, por tener tantos cajoncitos en su tienda; y me preguntaba, al echar un vistazo a uno o dos de los estantes inferiores y ver los paquetitos de estraza atados en su interior, si las semillas de flores y los bulbos alguna vez querrían, en un buen día, escapar de aquellas cárceles y florecer.

Fue en la madrugada posterior a mi llegada cuando abrigué esta especulación. La noche anterior, me habían mandado derecho a la cama en un desván de techo inclinado, tan bajo en el rincón donde estaba el lecho, que calculé que las tejas quedaban a menos de un pie de mis cejas. En esa misma madrugada, descubrí una singular afinidad entre las semillas y la pana. El señor Pumblechook llevaba pana, y también su dependiente; y de algún modo, había un aire y un aroma generales en la pana tan propios de las semillas, y un aire y un aroma generales en las semillas tan propios de la pana, que apenas sabía cuál era cuál. La misma oportunidad me sirvió para advertir que el señor Pumblechook parecía dirigir su negocio mirando al otro lado de la calle al guarnicionero, que parecía realizar sus transacciones sin quitarle ojo al carrocero, el cual parecía salir adelante en la vida metiéndose las manos en los bolsillos y contemplando al panadero, que a su vez se cruzaba de brazos y miraba fijamente al tendero, el cual estaba en su puerta y bostezaba ante el boticario.

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