Ahora que me hube quedado enteramente a solas, di aviso de mi intención de dejar las habitaciones del Temple tan pronto como mi contrato pudiera resolverse legalmente, y entretanto, subarrendarlas.
Inmediatamente puse carteles en las ventanas; pues estaba endeudado, casi no tenía dinero, y empezaba a alarmarme seriamente por el estado de mis asuntos. Más bien debería escribir que me habría alarmado de haber tenido la energía y la concentración suficientes para ayudarme a percibir con claridad cualquier otra verdad más allá del hecho de que estaba enfermando de gravedad.
La reciente tensión a la que me había visto sometido me había permitido posponer la enfermedad, pero no alejarla; sabía que se me venía encima ahora, y sabía muy poco más, y ni siquiera me importaba eso.
Durante uno o dos días, me quedé tumbado en el sofá o en el suelo—dondequiera que me diese por desplomarme—, con la cabeza pesada y los miembros doloridos, sin ningún propósito y sin ninguna fuerza. Luego vino una noche que pareció durar muchísimo y que rebosaba de ansiedad y terror; y cuando por la mañana intenté incorporarme en la cama y pensar en ello, descubrí que no podía hacerlo.
Si realmente había estado en Garden Court en plena noche, buscando a tientas el bote que suponía que estaba allí; si dos o tres veces había vuelto en mí en la escalera con gran terror, sin saber cómo había salido de la cama; si me había encontrado encendiendo la lámpara, poseído por la idea de que él iba subiendo la escalera y que las luces se habían apagado; si me había sentido inexpresivamente atormentado por las charlas, risas y gemidos desquiciados de alguien, y casi había sospechado que esos sonidos eran obra mía; si había habido un horno de hierro cerrado en un