La señorita Sarah Pocket se acercó a la verja. Ni rastro de Estella.
—¿Cómo, entonces? ¿Usted otra vez por aquí? —dijo la señorita Pocket—. ¿Qué quiere?
Cuando dije que solo había venido a ver cómo estaba la señorita Havisham, Sarah evidentemente sopesó si debía o no mandarme a paseo. Pero, no queriendo correr esa responsabilidad, me dejó entrar y al poco rato me trajo el cortante recado de que «subiera».
Todo seguía igual, y la señorita Havisham estaba sola.
—¿Y bien? —dijo, clavando sus ojos en mí—. Espero que no necesites nada, porque no vas a conseguir nada.
—De ningún modo, señorita Havisham. Solo quería que supiera que me va muy bien en el aprendizaje y que siempre le estaré muy agradecido.
—¡No digas nada, no digas nada! —dijo con los viejos y inquietos dedos—. Ven de vez en cuando; ven en tu cumpleaños. —¡Ah! —exclamó