casa en Richmond—; ¿no escarmentarás jamás?
“¿De qué?”
“De mí.”
—¿Advertencia de no sentir atracción por ti, es eso lo que quieres decir, Estella?
—¡Que si sé lo que quiero decir! Si no sabes a qué me refiero, estás ciego.
Haberle contestado debí que al Amor se le tenía comúnmente por ciego, de no ser porque siempre me retenía —y esta no era la menor de mis desgracias— el sentimiento de que era poco generoso imponerme a ella, cuando sabía que no le quedaba más remedio que obedecer a la señorita Havisham. Mi temor constante era que tal conocimiento por su parte me colocara en una gran desventaja ante su orgullo, y me convirtiera en el objeto de una lucha rebelde en su pecho.
—A decir verdad —dije—, esta vez no he recibido ninguna advertencia, pues fuiste tú quien me escribió para que fuera a verte.
“Eso es verdad”, dijo Estella, con una sonrisa fría y descuidada que siempre me helaba.
Después de mirar un momento hacia el crepúsculo del exterior, prosiguió diciendo:—
“Ha llegado el momento en que la señorita Havisham desea que la acompañe un día en Satis. Has de llevarme allí y traerme de vuelta, si quieres. Prefiere que no viaje sola y se opone a recibir a mi doncella, pues le horroriza de un modo delicado que esa clase de gente hable de ella. ¿Puedes llevarme?”.
—¡Puedo llevarla, Estella!