—¡Oh! Hay muchas clases de orgullo —dijo Biddy, mirándome fijamente y negando con la cabeza—; el orgullo no es de una sola clase...
—¿Y bien? ¿Por qué te detienes? —dije yo.
—No de una sola clase —prosiguió Biddy—. Puede que sea demasiado orgulloso como para permitir que nadie lo saque de un puesto que es capaz de desempeñar, y que desempeña bien y con respeto. A decir verdad, creo que lo es; aunque me suene atrevido decirlo, pues debes de conocerlo mucho mejor que yo.
—Ahora, Biddy —le dije—, siento mucho ver esto en ti. No esperaba ver esto en ti. Estás envidiosa, Biddy, y rencorosa. Estás mécontenta a causa de mi ascenso en la fortuna, y no puedes evitar demostrarlo.
—Si tienes el valor de pensarlo —replicó Biddy—, dilo. Dilo una y otra vez, si tienes el valor de pensarlo.
—Si tienes el valor de serlo, quieres decir, Biddy —dije con tono virtuoso y superior—; no me eches la culpa a mí. Siento mucho ver esto, y es un... es un mal aspecto de la naturaleza humana. Tenía la intención de pedirte que aprovecharas cualquier pequeña oportunidad que tuvieras cuando yo me hubiera ido para mejorar al querido Joe. Pero después de esto no te pido nada. Lamento muchísimo ver esto en ti, Biddy —repetí—. Es un... es un mal aspecto de la naturaleza humana.
—Me reprendas o me apruebes —replicó la pobre Biddy—, puedes confiar igualmente en que intentaré hacer todo lo que esté en mi poder, aquí, en todo momento. Y cualquier opinión que te lleves de mí no alterará en nada el recuerdo que guardo de ti. Sin embargo, un caballero tampoco debería ser injusto —dijo Biddy, apartando la mirada.
Volví a repetirle efusivamente que era un mal aspecto de la naturaleza humana (en cuyo sentimiento, prescindiendo de su aplicación, desde