arzobispo de Canterbury, el de cualquiera—, y se había aferrado a los nobles de la tierra en virtud de este hecho por completo supuestísimo. Creo que a él mismo lo habían nombrado caballero por asaltar la gramática inglesa a punta de pluma, en una desesperada alocución caligrafiada en pergamino con ocasión de la colocación de la primera piedra de este o aquel edificio, y por haberle entregado a un Personaje Real la paleta o la mezcla. Sea como fuere, había ordenado que la señora Pocket fuera criada desde la cuna como alguien que, por la naturaleza de las cosas, debía casarse con un título, y a quien había que proteger de la adquisición de conocimientos domésticos plebeyos.
Tan eficazmente había vigilado y custodiado aquel sensato progenitor a la joven, que ella había crecido siendo sumamente decorosa, pero totalmente indefensa e inútil. Con su carácter así felizmente formado, en el primer fulgor de su juventud había conocido al señor Pocket: quien también se hallaba en el primer fulgor de la juventud, y no terminaba de decidir si ascender al sillón del Lord Canciller o cubrirse la cabeza con una mitra. Como hacer lo uno o lo otro era una mera cuestión de tiempo, él y la señora Pocket habían tomado el tiempo por la coleta (a juzgar cuya longitud, parecía haber necesitado un corte), y se habían casado a espaldas del sensato progenitor. El sensato progenitor, no teniendo nada que dar ni negar salvo su bendición, generosamente les había asignado tal dote tras un breve forcejeo, y le había comunicado al señor Pocket que su esposa era «un tesoro digno de un príncipe». El señor Pocket había invertido el tesoro del príncipe en las lides del mundo desde entonces, y se suponía que este le había reportado unos