—Señorita Estella.
—Ven a pelear —dijo el pálido joven caballero.
¿Qué otra cosa podía hacer sino seguirlo? Me he hecho esa pregunta a menudo desde entonces; pero ¿qué otra cosa podía hacer? Sus maneras eran tan definitivas, y yo estaba tan atónito, que seguí sus pasos como si estuviera bajo los efectos de un hechizo.
—Pero espera un minuto —dijo, dándose la vuelta antes de que hubiéramos dado muchos pasos—. También debería darte una razón para pelear. ¡Ahí la tienes!
De la manera más irritante, se dio una palmada en las manos al instante, levantó coquetamente una de sus piernas hacia atrás, me tiró del pelo, volvió a darse una palmada, agachó la cabeza y me la clavó en el estómago.
El proceder taurino mencionado en último término, además de que indudablemente debía considerarse como un atrevimiento, resultaba especialmente desagradable justo después de pan y carne. Por consiguiente, le tiré un golpe y me disponía a tirarle otro, cuando él dijo: «¡Ajá! ¿Conque ésas tenemos?», y empezó a dar saltos hacia atrás y hacia adelante de un modo bastante inigualable dentro de mi limitada experiencia.
—¡Leyes del juego! —dijo—. ¡Reglas fijas! —Aquí dio un brinco de la pierna izquierda a la derecha—. ¡Ven al campo y cumple con los preparativos! —Aquí dio un salto atrás y adelante, e hizo toda clase de malabarismos mientras yo lo miraba sin saber qué hacer.
Temía secretamente que fuera tan diestro, pero me convencí moral y físicamente de que su rubia cabeza no tenía nada que ver en la boca de mi estómago, y de que tenía derecho a considerarla irrelevante cuando se interponía de ese modo en mi atención.