Hammersmith; y el hecho de poseer yo la mitad de sus habitaciones me llevaba con frecuencia a Londres. Solíamos caminar entre ambos lugares a todas horas. Todavía le tengo cariño a ese camino (aunque no sea un camino tan agradable como lo era entonces), forjado en la impresionabilidad de la juventud inexplorada y la esperanza.
Cuando llevaba un mes o dos en la familia del señor Pocket, aparecieron el señor y la señora Camilla. Camilla era hermana del señor Pocket. Georgiana, a quien había visto en casa de Misiá Havisham en aquella misma ocasión, también apareció. Era una prima, una solterona dispéptica que llamaba religión a su rigidez y amor a su hígado.
Esta gente me odiaba con el odio de la codicia y el desengaño. Como era de esperar, me adulaban en mi prosperidad con la más baja mezquindad. Hacia el señor Pocket, en calidad de infante crecido sin noción de sus propios intereses, mostraban la condescendencia satisfecha que les había oído expresar. A la señora Pocket la despreciaban; pero concedían que la pobre alma había sufrido una gran decepción en la vida, porque eso proyectaba una débil luz reflejada sobre ellos mismos.
Estos eran los alrededores entre los cuales me establecí y me dediqué a mi educación.
Pronto contraje hábitos costosos y comencé a gastar una cantidad de dinero que, pocos meses antes, me habría parecido casi fabulosa; pero, para bien o para mal, me aferré a mis libros.
No había en esto más mérito que el de tener la sensatez de reconocer mis propias deficiencias. Entre el Sr. Pocket y Herbert avancé rápidamente; y, teniendo siempre a uno u otro a mi lado para darme el impulso que necesitaba y despejar los obstáculos de mi camino, tendría que haber sido un tonto tan grande como Drummle para haber hecho menos.