Años después, hice un retrato espantoso de aquella mujer, haciendo que un rostro que no tenía otro parecido natural con ella que el derivado de su cabello suelto pasara por detrás de un cuenco con alcohol en llamas en una habitación oscura.
Inducido a reparar particularmente en el ama de llaves, tanto por su llamativo aspecto como por los preparativos de Wemmick, observé que, siempre que ella estaba en la habitación, mantenía los ojos fijos en mi tutor y que retiraba las manos de cualquier plato que le servía con vacilación, como si temiera que él la llamara y deseara que le hablara estando cerca, si es que tenía algo que decir.
Me figuré que podía adivinar en los modales de este la conciencia de tal circunstancia y el propósito de mantenerla siempre en suspenso.
La cena transcurrió alegremente, y aunque mi tutor parecía seguir los temas más que iniciarlos, supe que nos arrancaba la parte más débil de nuestra índole.
Por lo que a mí respecta, descubrí que estaba expresando mi tendencia a los gastos suntuosos, a patrocinar a Herbert y a presumir de mis grandes perspectivas, antes de ser plenamente consciente de que había abierto los labios.
Así ocurrió con todos nosotros, pero con nadie más que con Drummle: el desarrollo de cuya propensión a criticar de un modo mezquino y desconfiado a los demás le fue arrancado a tirones antes de que retirasen el pescado.
No fue entonces, sino cuando habíamos llegado al queso, cuando nuestra conversación giró en torno a nuestras proezas con los remos, y cuando se gastaron bromas a Drummle por acercarse por detrás una noche a su manera lenta y anfibia.