El pálido joven caballero y yo nos quedamos contemplándonos el uno al otro en Barnard’s Inn, hasta que ambos rompimos a reír.
—¡Quién iba a decir que eras tú! —dijo él. —¡Quién iba a decir que eras tú! —dije yo.
Y entonces volvimos a contemplarnos de nuevo y nos reímos otra vez.
—¡Bueno! —dijo el pálido joven caballero, tendiendo la mano de buen humor—, ya ha pasado todo, espero, y será un gesto de magnanimidad por tu parte que me perdones por haberte vapuleado tanto.
Deduje de este discurso que el señor Herbert Pocket (pues tal era el nombre del pálido joven) todavía confundía un tanto su intención con su ejecución. Pero hice una respuesta modesta y nos estrechamos las manos calurosamente.
—¿No habías tenido la buena suerte por entonces? —dijo Herbert Pocket.
—No —dije yo.
—No —asintió—: —Me enteré de que había ocurrido hace muy poco. Por entonces, yo más bien andaba a la caza de la buena suerte.
“¿De verdad?”
“Sí. La señorita Havisham me había mandado llamar para ver si le caía en gracia. Pero no fue así;—al menos, no le caí”.
Me pareció de buena educación comentar que me sorprendía oír eso.