Habían dado las ocho cuando salí al aire, impregnado, no desagradablemente, del olor a virutas y astillas de los constructores de botes de ribera y de los fabricantes de mástiles, remos y poleas.
Toda aquella zona ribereña del curso superior e inferior del Pool, río abajo desde el Puente, era terreno desconocido para mí; y cuando bajé hacia el río, descubrí que el lugar que buscaba no estaba donde había supuesto, y resultaba de todo menos fácil de encontrar. Se llamaba Mill Pond Bank, Chinks’s Basin; y no tenía más guía para llegar a Chinks’s Basin que la Antigua Cordonería de Cobre Verde.
No importa entre qué barcos encallados en reparación en diques secos me perdí, qué viejos cascos de barcos en proceso de ser desguazados, qué fango y cieno y otros sedimentos de la marea, qué astilleros de constructores y desguazadores de barcos, qué anclas mohosas hincándose a ciegas en el suelo, aunque llevaran años fuera de servicio, qué montañosa región de barricas y madera acumuladas, cuántas tenerías de cables que no fueran el Viejo Cobre Verde.
Tras quedarme corto de mi destino varias veces y haberme pasado de largo otras tantas, doblé una esquina de imprevisto y di con Mill Pond Bank. Era una clase de lugar fresco, sopesadas todas las circunstancias, donde el viento del río tenía espacio para dar la vuelta; y había en él dos o tres árboles, y estaba el tocón de un molino de viento arruinado, y estaba la tenería de cables del Viejo Cobre Verde, cuya larga y estrecha perspectiva podía distinguir a la luz de la luna, a lo largo de una serie de armazones de madera clavados en el suelo, que parecían antiguos rastrillos de heno que se hubieran hecho viejos y hubieran perdido la mayoría de sus dientes.