Jaggers». Me miró, miró a Sarah, y del rostro vigilante de Sarah la expresión de esta arrancó una sonrisa cruel. «¡Adiós, Pip! —siempre conservarás el nombre de Pip, ya
—Sí, señorita Havisham.
“¡Adiós, Pip!”
Estiré la mano, y yo me arrodillé y me la llevé a los labios. No había pensado en cómo debía despedirme de ella; en ese momento me salió natural hacerlo así.
Miró a Sarah Pocket con triunfo en sus extraños ojos, y así dejé a mi hada madrina, con ambas manos apoyadas en su bastón con muleta, de pie en medio de la estancia penumbrosa junto al pastel de bodas mohoso que se ocultaba entre telarañas.
Sarah Pocket me condujo abajo, como si yo fuera un fantasma a quien debían acompañar a la salida. No lograba salir de su asombro ante mi aspecto y estaba sumamente desconcertada. Le dije: «Adiós, señorita Pocket»; pero ella se limitó a mirarme fijamente, y no pareció tener la presencia de ánimo suficiente para darse cuenta de que le había hablado. Una vez fuera de la casa, me encaminé lo mejor que pude hacia la de Pumblechook, me quité la ropa nueva, la hice un hato y volví a casa con mi ropa vieja, llevándola —a decir verdad— mucho más a gusto también, a pesar de tener que cargar con el hato.
Y ahora, aquellos seis días que debían haberse esfumado tan lentamente, se habían esfumado deprisa y se habían ido, y el mañana me miraba a los ojos con más fijeza de la que yo podía soportar. A medida que las seis tardes se habían reducido a cinco, a cuatro, a tres, a dos, yo había sabido apreciar cada vez más la compañía de Joe y Biddy.